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Carlos Mesa, el Kérenski boliviano

A pesar de su antigüedad, la revolución rusa sigue siendo de gran importancia para la izquierda del mundo. Aunque los actuales comunistas han aprendido a disimular esa veneración, todavía sigue siendo su modelo a seguir. Por ejemplo, el 17 de octubre del año 2003 fue la fecha elegida por la izquierda boliviana –a la cabeza de Evo Morales Ayma, Álvaro García Linera y Felipe Quispe- para la gran insurrección que terminó con el derrocamiento del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, y el posterior nombramiento del vicepresidente Carlos Mesa Gisbert como primer mandatario de Bolivia.

Desde febrero de ese año, cuando policías y militares se enfrentaron en inmediaciones del palacio de gobierno, Carlos Mesa ya había mostrado su deslealtad con el presidente. Especialmente cuando dijo no estar de acuerdo con las medidas para enfrenar el déficit fiscal -un impuestazo bastante ingenuo-, la represión y la muerte de bolivianos.

Si bien las críticas de Carlos Mesa pueden haber sido justas, el problema radica en que él era parte de una estrategia para “patear el tablero político”. De acuerdo con los esquemas ideológicos de la izquierda neocomunista, comenzaba la etapa democrática-radical  de la revolución boliviana.

Se trataba de un gobierno de transición como fase preparatoria antes del asalto final, que tuvo entre sus principales figuras a hombres fuertes del Movimiento al Socialismo, entre ellos a Donato Ayma (1941 – 2016), tío y maestro de Evo Morales-, quien ocupó el cargo de ministro de educación, y a Justo Seoane Parapaino, que fue ministro de asuntos indígenas.  

Dentro de ese esquema, Carlos Mesa pasó a convertirse en una especie de Aleksándr Fiódorovich Kérenski, una figura popular a cargo de un gobierno de transición, a quien sería fácil derrocar.  En Bolivia se estaba usando la vieja estrategia de dejar gobernar a los mencheviques para que luego los bolcheviques tomen el poder con toda fuerza. Como siempre, nada nuevo bajo el sol, pero la falta de conocimiento de la historia hace que los pueblos caigan en las mismas trampas una y otra vez.

Trágicamente, y como consecuencia de la poca memoria del boliviano, Carlos Mesa vuelve a aparecer en la arena política, y ahora se presenta como la alternativa “democrática” para Bolivia. Y aunque las personas pueden cambiar y ratificar sus errores políticos, ¿es verdad que Carlos Mesa es ahora la única salida democrática?

Siento decepcionar a sus fans pero, fiel a su estilo, Mesa está volviendo a ser funcional al Foro de Sao Paulo y su estrategia de dominio en la región. Si antes su discurso era recuperar los recursos gasíferos de las transnacionales y combatir el neoliberalismo, hoy está usando toda la artillería discursiva de la nueva izquierda, desde su apoyo a los lobbies LGTBI hasta la defensa del aborto. Verbigracia, en su Twitter escribió lo siguiente: “Las #DiversidadesSexuales son derechos que defendemos y sostenemos, como principios de la libertad y la identidad individual. Mi homenaje a quienes, con sacrificio y valentía, han logrado que se respeten y se cumplan”. Típicas palabras de quien se adhiere a la ideología de género y la “newleft”, nueva cara del socialismo tan bien denunciada por Agustín Laje y Nicolás Márquez.

En el tema económico tampoco ofrece gran alternativa. Su equipo económico está lleno de especialistas en keynesianismo, pero ninguna alternativa real para enfrentar el problema de la caída de las reservas internacionales o el inminente estallido de la burbuja crediticia. De hecho, Carlos Mesa considera que la economía fue “lo mejor” que hizo el actual gobierno, y prometió no privatizar y mantener los bonos.

Penosamente, tener una mala oposición es peor que tener un mal gobierno. Los partidos opositores bolivianos concentraron su discurso en un devaluado 21F, sigla que hace referencia al referéndum constituyente del 21 de febrero del 2016, y una defensa casi religiosa de la democracia, mientras que el gobierno avanzaba sobre las jubilaciones de los trabajadores, tomaba el aparato judicial y asfixiaba al empresariado. Medidas que en muchos casos tuvieron apoyo de las bancadas de oposición.

Y ahora, ante el inminente peligro de una tiranía socialista, muchos ciudadanos confían en Carlos Mesa, ¡qué pena que sus esperanzas estén en la persona equivocada! Para terminar, sin una fuerza política conservadora en lo cultural, y capitalista en lo económico, será imposible tener otro país, es mejor empezar a construir una ahora.  

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