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CUÁNTA VERDAD SOMOS CAPACES DE SOPORTAR

Tal como lo hacía cada mañana desde que tomé la importante decisión de explorar caminos alejados de mi patria, me encontraba leyendo noticias provenientes de ella. ¿Cuánta verdad somos capaces de soporta? El tobogán emocional al que ese ejercicio solía someterme, al tiempo que me resultaba tan atrapante como imprescindible, de pronto se vio sosegado por una entrevista realizada a un profesional recientemente regresado al país luego de un largo período de estancia y estudios en el extranjero. Identificación, tal vez. Intriga o curiosidad, seguro. Dudas o deseos, ambos. Una gran mezcla… Todo. Su especialidad era la filosofía, y según podía percibirse en sus profundas y, para mí, sinceras palabras, su vocación de servicio y amor por sus raíces habían ido trazando en él un creciente e irreversible deseo de volver. Una cierta necesidad de regresar para avanzar, creí leer entre líneas.

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Su caso movilizaba fibras siempre latentes y jamás silenciadas de mi propia historia. Preguntas sin respuestas cuando las propias búsquedas, y los encuentros, habitan en lugares tan remotos a la tierra que nos vio nacer. En aquel sentir que hacía mío, hubo sin embargo dos comentarios particularmente reveladores para ese sosiego que yo perseguía sin descanso entre tanta tinta. Desde pequeña mi deseo había sido ser ciudadana del mundo. Me apasionaba observar y tratar de develar lo que yacía y guiaba los rasgos más característicos de la conducta humana; sin distinción de origen. Para lograrlo, mucho tendría que andar. Hacerlo, implicaba asumir un alto precio. Mi cultura ligaba amor a la patria con el vivir en ella… Mientras yo, solo sabía quererla.

La historia de aquel compatriota regresando por ese amor así entendido, volvía a exponerme frente a mi más antiguo e irresuelto dilema. Si he dedicado una obra de vida teniendo como Norte el Sur (porque de esas latitudes es mi patria) ¿quién podría atreverse a poner en duda mi amor por ella? Yo, la primera. Los paradigmas suelen ser más duros y pesados que cualquier razón; o peor aún, más que cualquier sentimiento. Mientras leía esa otra historia, el cuestionamiento recurrente que me acompañaba desde niña irrumpía con más fuerza: “¿podré seguir unida a mi patria viviendo lejos de ella…?, y, ¿será ella capaz de seguir amándome, necesitándome, extrañándome… como yo lo hago…?”

En mi corazón siempre había estado la respuesta. Tratar de convencer a otros, a mí misma, a los seres queridos atrapados en la distancia o a quienes se quedan y a veces solo la soportan, que existen muchas formas de amarla y ayudarla… suele resultar el verdadero reto. Uno personal e intransferible. Uno difícil de procesar cuando se es reflexivo, y difícil de digerir, cuando se mira la realidad de frente. Aquel hombre tendría una edad similar a la mía y, seguramente, una realidad distinta. Al ser consultado por las razones de su retorno, su simple respuesta hubiese coincidido con la mía de haberla tomado. Extrañaba. Sin embargo, fue su respuesta acerca de los aportes que creía poder realizar la que realmente cambiaría mi perspectiva y me daría, sin él jamás sospecharlo, nuevos y renovados bríos. Prueba fehaciente de cómo los seres humanos vivimos contagiando humanidad sin ser conscientes de ello. Su anhelo pasaba por hacer aportes en materia de autoconocimiento. Lo resumió en una breve cita que atesoraré: “entiendo la filosofía como el arte de lograr que el autoengaño sea más difícil”.

Inmediatamente, muchas de las piezas del puzle que había tratado de armar por tanto tiempo comenzaron a ordenarse. Mis propios paradigmas aceptados o impuestos estaban relacionados con ese pensamiento. Incluso la propia pasión a la que dedicaba mis días procurando descubrir las mejores señales de convivencia social sin distinción de banderías políticas, ni raciales, ni religiosas; parecían encontrar cabida en esa misma reflexión. ¿Y si el mal que nos aqueja políticamente es que preferimos alentar paradigmas, fanatismos y cegueras ideológicas en lugar de practicar el arte de que el autoengaño en masa sea más difícil…?

“La salud de las sociedades y de sus miembros depende de la cantidad de verdad que son capaces de soportar”, leí alguna vez entre mis tantas lecturas. El grado de revelación que la experiencia de otro compatriota estaba ejerciendo en mí pasaba por este tipo de replanteos existenciales. Inmediatamente, la mente me llevó al momento en que organizaba mi primer viaje al extranjero. Un hecho icónico había atravesado el corazón de toda la patria en el cuerpo de uno de sus exponentes médicos y humanos más sobresalientes; el Dr. René Favaloro. A muy pocos llegó el estruendo y el dolor de ese trágico disparo. Entre esos pocos me cuento, y aún resuena. En aquel momento solo pude preguntarme si sería sano vivir adaptado a una sociedad profundamente enferma…, o si él, hubiese logrado hacer más por revertir esa grave enfermedad social de haber considerado oportuno tomar una distancia suficiente.

Y verdad… ¿Quién tiene la verdad? ¿Existen verdades absolutas? Todos sabemos que no. Existe la verdad que somos capaces de descubrir y de aceptar. Tal vez, el gran pensador Aristóteles mucho colaboró con nosotros al proponer: “la única verdad es la realidad”, y de ser esa una de las mejores aproximaciones; ¿qué realidad preferimos ver…? Cada uno, en su celosa, recta y genuina intimidad —si lo desea— procurará las respuestas más honestas que su libre humanidad logre permitirle.

En mi patria, todo indica que la verdad es más amada desde la abstracción de su relato que desde la asunción de una realidad incómoda… Luce bastante claro que solo quien desee la cura encontrará el remedio, y el médico. En términos de realidad, quien quiera mirar que mire, quien quiera indagar que indague, quien quiera verdad que empiece por sí mismo… Salud, han de encontrar quienes la busquen, y buena vida, aquellos virtuosos con el coraje de enfrentarla.

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